Salir de la cama es un duelo. El desgarro de la burbuja de calor en la que todo está al alcance de la mano: el refugio de boro, las ancas generosas de mami donde ahora es imposible no detenerse, el aire que respira, la materia de sus sueños y de los míos. La piel de ella está mucho más tibia ahora, y además, abunda en pliegues: entre sus tetas, entre las piernas, el hueco del cuello, esa forma de ponerse a medias boca abajo y abrir una guarida por donde quisiera colarme si me alcanzaran las manos. Es tan difícil arrancarme de ahí que aunque lo haga abruptamente, como merece el dolor a sabiendas producido, igual vuelvo y me demoro en su boca, me enriedo en sus pocos pelos, me tiento con una palmada en esas nalgas tentadoras. y después salgo. Y por fin estoy acá. Sin ningún silencio porque la casa está poblada de preparativos para recibir el próximo reinado del bebé todavía sin sexo, del sexo escondido en la panza de mami. ¿Del sexo que escondo en algún bolsillo? ¿dónde ha ido a parar mi ansia de sexo? Llevo la lívido como un talismán, bien guardado entre las piernas. Un talismán-corazón que late y se hincha y que dice su nombre aunque el nombre no lo pronuncien mis manos, tan torpes últimamente, tan vagas, con tantas ganas de remolonear en su cuerpo sin buscar resultado alguno más que el de acunar el otro latido dentro de su cuerpo aunque ella me diga que ya no lo acaricio tanto, que ya no lo busco, que me olvido. Me olvido, es cierto, de quién era y de cómo era. No el bichito al que decimos boro si ni mi arte de meterme entre los profundos huecos de su cuerpo, aunque ahora que digo arte dudo de que esa sea la palabra, apenas una desesperación por tocar su propio talismán con mis dedos a veces afilados como garras (ahora los controlo, tenés que reconocerlo), que si pudiera tocarlos de otra manera, si pudiera entrar en vos olvidándome del como, a ciegas tus nervios y los míos en su diálogo eléctrico. mi líbido, envuelta de impotencia o roma, limada por el agua de la ternura, de las ganas de hundirme en tu cuerpo nada más que para descansar, para adivinar lo que vendrá, para sentir esa tibieza nueva (proporcional al descenso de mi termostato ¿te diste cuenta?), para comer de la fuente de tu alimento, el que va a venir, el que se está preparando.
Hace frío en casa, los preparativos para el futuro reinado han cortado el gas y apenas si pude calentar agua para guardarla en un termo. Es el día en que el frío ha tapado también el sol que hasta ayer parecía blindado en su amarillo niebla de la mañana y hoy nada. Voy a prender el fuego en el hogar y tal vez pueda encender otro sacando chispas a este talismán que late tanto como se esconde en algún rincón de mi sexo.
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