jueves, 29 de mayo de 2008

La familia


Ayer vino de visita la sobrina Jade, nuestra preciosa nieta, la niña de la sonrisa incandescente. Tal vez esta foto no le haga justicia, pero ya lo dice ma, lo mío no es la fotografía.
hay algo que se reblandece dentro de mí cuando viene Jade. Y a la vez una cuerda que se tensa, se templa, el soporte flexible de un arco que me da la seguridad de proyectarme hacia delante aun sin saber que hay delante.
Aprendí que adelante se dibuja aunque siempre estemos llegando. Aprendizaje básico, si los hay, pero no por eso menos necesario.
Mi caja de lápices es un poco monocromática, es cierto. Suelo arreglarme con el negro de la tinta, aunque ese negro sea un aliento para mi sed que no sabe cómo saciarse. Si pudiera elegiría modelar casas de palabras donde Jade pueda jugar y un campo abierto donde mami pueda galopar como a ella le gusta, altos pastos de palabras para que vaya imaginando dónde poner su cámara, cómo estrujarnos el corazón y arrancarnos la sonrisa como ella sabe; con un brillito en los dientes cuando le da el dol o la gracia de haber descubierto que hay una vibración compartida. Y también haría, si pudiera, una cama elástica para mi hija Naná, para que se anime a saltar y a diseñar su propio cielo, ese que todavía no conoce ni adivina. ¿y para mí? para mí la tinta, el lubricante necesario para desatar el nudo de la garganta ese que se ata con la constatación constante de los ciclos que se despliegan ante mí antes de que pueda imaginarlos aunque después camine por ese margen como si conociera perfectamente el terreno.
Ahora, por ejemplo, veo a mami moverse a su ritmo, decidido, enérgico, un poco enfurruñado, una piedrita de tristeza en el pecho; pero activa, subiendo y bajando, ordenando nuestra casa, abriendo el ánimo a las ideas que la rondan. Y entonces qué más que rendirme otra vez a esta prueba de la vida se inclina a mis pies aunque yo me ahogue en el latido de mi tinta mientras intento despejar las palabras a brazadas.

jueves, 22 de mayo de 2008

manifestaciones boráticas

el miedo no puede evitarse.
apenas puedo nombrarlo y para qué si después me da miedo haber convocado a los fantasmas
boro no me habla,
lo persigo y le hago olas, a ver si se anima a darme
una caricia un gesto un hola mami aquí estoy
y ya se que ahí está y lo invento todos los días tal vez lo veo asomarse en la sonrisa de mi amada en el sueño que la deja blanda sobre la cama
unos días y otros en el espejo sopesando el volumen de su perfil

martes, 13 de mayo de 2008

champagne

mami no puede tomar champagne, enseguida le da acidez.
papi toma una copa de champagne y se emborracha.
yo, en el champagne de anoche, puedo hundirme y navegar.
pero, apenas unas cuantas brazadas; el ancho mar se aloja últimamente en mi cama y llegar no es fácil si una se sumerge en el primer líquido que encuentra.
No es fácil tampoco resistirse; esa promesa de deriva del alcohol parece prender lucecitas en el horizonte y a mi vaso me aferro como al mástil aun antes de cualquier tormenta.
mami es mi boya en medio de las grandes aguas y a su sonrisa me dirijo y a su bostezo me rindo.
Así fue que entonces, una sola botella de champagne entre los tres para nuestra noche de convivencia familiar, la primera desde que boro es un hecho ¿un hecho? Es más que eso, lo vimos el lunes, desperazarse y patalear, su columna incadescente y su fémur de un centímetro de largo, siempre de espaldas a nuestra indagación, no mostró la cara pero su mano se extendía por encima de la cabeza. Qué decir, Boro late con rugido de león y seguirá siendo boro, así, sin sexo ni género, el habitante de las profundidades de mami aunque las profundidades están emergiendo y ya caben en la palma de mi mano cuando dormimos abrazadas.

la cuestión es que nos juntamos los tres a la hora señalada, puntualidad meridiana, mesa tendida apenas entramos, nuestra comida favorita -a los tres nos gusta el sushi, a pesar de su fama tilinga. Así era el plan: comer y salir al swinger gay en feliz armonía, no del todo seguras de que los muchachos nos franquearían la puerta. por suerte Lux, alter ego de sexualidad descontrolada, ya había abierto paso para que nos tendieran alfombra roja. ¿para qué ir al swinger gay? pregunta de respuesta abierta aunque puedo arriesgar algunas: papi quiere convivencia en terreno seguro lejos de la famosa "heteronorma" que ahora todxs nombran sin terminar de entender. papi suele hacer invitaciones de ese tipo, como ir a playas nudistas -quería que consumáramos nuestro matrimonio visual-, o a quintas ídem. al final lo llevamos al Cabo, nuestra playa torta, casera, semi nudista y con poca histeria de la cual huyó con rumbo a Chihuahua en busca de una mirada libidinosa que le calme un poco el hambre.
como única respuesta, mami dice que él es caprichoso y yo lo consiento.
como última respuesta yo creo que es la manera más extraña de mantener sexo entre nosotros, sexo que de a tres no está en nuestros planes tener aunque papi nos mire arrobado cuando nos damos besos y lo dejemos listo para dejar caer la toalla que le cubrió sus partes esa noche de convivencia familiar en la que nosotras fuimos pudorosamente ocultadas detrás de unas plantas creo que artificiales mientras veíamos pasar hombres de todo tipo y edad con sus toallas o batas bajo luces de colores incadescentes, al costado de la pileta climatizada en la que algunos ponían a flotar sus trompitas.
nosotras nos fuimos y lo dejamos; y él, dice, se fue enseguida. total el objetivo estaba cumplido.

sábado, 10 de mayo de 2008

sábado

Justo cuando empiezo a pensar que el sillón es el paraíso tengo que pararme porque Mala golpea la puerta y después porque se acabó el disco. Efímero, como todo paraíso, el sillón de todos modos está ahí para volver a abandonarse a la gracia por un rato.
Desde el miércoles que no voy a trabajar y nada se ha venido abajo. Al contrario, el viernes vino a visitarme mi descendencia y me sané de una gripe o algo así. Tres días en casa, cerca de mami, lejos de la Institución -al trabajo igual lo estuve esquivando, como siempre que trabajo; cerca y lejos, un poco de culpa, un poco de omnipotencia-, en otro de los paraísos disponibles: casa.
Tiene su dificultad andar encontrando paraísos en cualquier rincón; se roma demasiado el ansia de buscar y así, decir yo se complica. Yo, la escritora en potencia a mis cuarenta; sin obra y sin planes, con un deseo que murmura en mi oído señalando a ningún lado.
En realidad el problema no es de los paraísos si no de la pulsión por encajarles su cabina de peaje, su obligado confesionario donde se administran las penitencias necesarias antes de entrar.
En fin, decir yo se me complica como siempre. como si yo tuviera que ver con una biografía legible.
Cuando pienso en un hijo o una hija, pienso en ver el mundo otra vez con sus ojos.
¿Y que le van a mostrar los míos? ¿que verá a través? ¿que ha visto hasta ahora mi hija? ¿qué fuga les abro?
Una mujer un poco loca y emocional, capaz de comerte a besos, de honrar al cuerpo, al ilustre devenir de los días, al amor que todo lo mueve... ¿incapaz de hacer lo que quiere?
¿Y qué quiero? ¿es lo que quiero o lo que debo o lo que creo que debo?
Últimamente siento que hay algo en mí que se ha nublado con los años, como un vidrio rayado, uno que tengo que pulir para poder ver otra vez yo misma a través. Despejar la maraña de mis pensamientos y hacer lugar para lo que se avecina, preparar una voz para poder cantar, para poder escribir, para poder acunar, para besar.
no es fácil asistir a la concreción de los sueños.
Tal vez debería -vaya palabra- abandonarme a este paraíso, empezar mis clases de canto, masajear un poco el cerebro primitivo y honrar este beso que me da la vida, así, con la boca abierta.

martes, 6 de mayo de 2008

accesorios

Los anteojos le dan a mami la posibilidad de mirar con toda la cara. Será que ese tamaño que tan bien se amolda al mío -sobre todo cuando estoy sobre mis plataformas y entonces puedo encajar su cabeza entre mi cuello y mi hombro y sentir su respiración y el olor de su pelo y su espalda dentro de mi abrazo, todo su cuerpo pegado al mío-; será ese tamaño, decía, lo que hace que se asome al mundo como si siempre estuviera mirando al cielo, dispuesta a la caricia del sol. Hablo de los anteojos de vidrios blancos, los anteojos "de ver" diría mi abuela (de cerca o de lejos, para mí eran de "verde" lejos o de "verde" cerca). Esos anteojos chiquitos y de otra época que creo tienen bastante que ver con que a veces -demasiadas- la confundan con mi hija. No tiene edad para serlo ni yo para ser su madre. Que conste en actas, apenas nos llevamos 6 o 7 años, según la época. Pero es que ella se acostumbró a mirar así con sus anteojos y al mirar con toda la cara la sonrisa se va hacia delante, como si la ofreciera, como si tuviera que llegar antes esa sonrisa capaz de disolver la piel de erizo que a veces se calza y hasta el ceño de su frente marcada por ese enojo que le causa pensar y pesar.
Cuando conocí a mami no usaba anteojos. usaba gorra. O gorras. Gorras que la hacían ver a mis ojos más directora de cine todavía. Gorras que le daban un aire prescindente, algo masculino -hay que agregar a la gorra su chaleco negro, sus zapatillas plateadas; sus zapatillas, en general-, mundano. Las gorras imponían una distancia física para mí que sólo quería hundirme en su boca sin terminar con la viscera en el ojo. Aprendí a atravesarla y mami se cansó de las gorras, las boinas y hasta de las hebillitas que cada tanto se ponía, sobre todo al principio, cuando empezó a dejarse crecer el pelo. A veces extraño esa manera de mirarme desde la sombras, echándose un poco hacia atrás sobre su mesa de bar -ah sí, íbamos mucho a bares y restoranes, costumbre que mantenemos aunque ahora nos guste casa cada vez más- como si me desafiara a ir a su búsqueda. Yo no podía ir, yo estaba ahí, pegada a su aliento, con sed de una gota más de su deseo.

No puedo decir que haya una relación directa, pero ahora que mami mirá así, con sus ojos y su boca, sigo deseando sumergirme en su pozo, ese hay que detrás de su cara vuelta al cielo. Pero a la vez no puedo evitar abrazarla, sentir su piel, catar la envergadura de sus cambios. El cuerpo se le ha vuelto más rotundo. De su tetas no puedo hablar sin apretar un poco las piernas. Hay algo más sólido en ella ahora que boro la habita y que la vida se abre como una pregunta permanente. Ella le tiene miedo a ese blanco sobre el que no se escribe ninguna película. por ahora. yo la veo expandirse y florecer, veo en el fondo de sus ojos un remolino que desata las tormentas. veo el interrogante que no necesita respuesta si no el ansia de buscar, de seguir buscando.