Ayer vino de visita la sobrina Jade, nuestra preciosa nieta, la niña de la sonrisa incandescente. Tal vez esta foto no le haga justicia, pero ya lo dice ma, lo mío no es la fotografía.
hay algo que se reblandece dentro de mí cuando viene Jade. Y a la vez una cuerda que se tensa, se templa, el soporte flexible de un arco que me da la seguridad de proyectarme hacia delante aun sin saber que hay delante.
Aprendí que adelante se dibuja aunque siempre estemos llegando. Aprendizaje básico, si los hay, pero no por eso menos necesario.
Mi caja de lápices es un poco monocromática, es cierto. Suelo arreglarme con el negro de la tinta, aunque ese negro sea un aliento para mi sed que no sabe cómo saciarse. Si pudiera elegiría modelar casas de palabras donde Jade pueda jugar y un campo abierto donde mami pueda galopar como a ella le gusta, altos pastos de palabras para que vaya imaginando dónde poner su cámara, cómo estrujarnos el corazón y arrancarnos la sonrisa como ella sabe; con un brillito en los dientes cuando le da el dol o la gracia de haber descubierto que hay una vibración compartida. Y también haría, si pudiera, una cama elástica para mi hija Naná, para que se anime a saltar y a diseñar su propio cielo, ese que todavía no conoce ni adivina. ¿y para mí? para mí la tinta, el lubricante necesario para desatar el nudo de la garganta ese que se ata con la constatación constante de los ciclos que se despliegan ante mí antes de que pueda imaginarlos aunque después camine por ese margen como si conociera perfectamente el terreno.
Ahora, por ejemplo, veo a mami moverse a su ritmo, decidido, enérgico, un poco enfurruñado, una piedrita de tristeza en el pecho; pero activa, subiendo y bajando, ordenando nuestra casa, abriendo el ánimo a las ideas que la rondan. Y entonces qué más que rendirme otra vez a esta prueba de la vida se inclina a mis pies aunque yo me ahogue en el latido de mi tinta mientras intento despejar las palabras a brazadas.
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