La panza es inocultable desde hace rato y el barrio lo notó sin decir una palabra. Salvo un gesto de nuestro amigo almacenero y milico -el joven viste uniforme de fajina cada tanto- que tomó el pack de botellas de agua de manos de mami y las depositó escaleras arriba, tuvieron la cortesía de no preguntar hasta que nosotras hablemos. Y lo hice de sopetón, una mañana que fui a comprar la leche. Es cierto que mezclé algunas noticias tan evidentes como la panza: la obra que estamos haciendo, por ejemplo, el abandono de nuestra empleada doméstica, justo ahora que viene un bebé en camino. Ah, dijo la joven almacenera, es verdad lo que yo ví entonces. Y después la pregunta del millón: ¿están contentas? ¿era buscado? Sí, claro, entre nosotras no hay accidentes, dije, fue una inseminación artificial casera, con un amigo. Demasiada información. ¿con un médico amigo? no, con un amigo que nos dio el frasquito, alguien que en el futuro será el padre.
volví lo más rápido que pude, después de las felicitaciones es justo que la sorpresa y las preguntas posibles maduren en soledad.
A la carnicera de la esquina, la que nos provee de los frescos con cuenta corriente -delicia de otro tiempo que obtengo cada vez que llego a un barrio como forma de sentirme parte-, no tuve que darle la noticia. Tal vez los almaceneros se la habían contado. Pero insistió en llamar "tu amiga" a mami. No es mi amiga, Norma, es mi esposa. Ella, como si nada, siguió contando el dinero que acababa de pagarle -buen momento para declaraciones- y sólo al terminar re preguntó: ¿qué me dijiste cuando te hablé de tu amiga? Que es mi esposa, Norma.
Ah!
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