Lo que quiero compartir es, en principio, una pregunta que me sigo haciendo -y vuelve ahora con el tema de la pandemia de gripe- ¿cómo puede ser que estemos tan indefensas siempre frente al poder del saber médico (sí, foucault, ya se, pero igual)? Como persona que vive con vih sé de lo difícil que es discutir con quien se supone sabe más que una sobre lo que a una le sucede (me voy a permitir la cursilería); pero también aprendí que si no discuto y si no defiendo mi propia idea de bienestar y hasta de salud (creánlo o no, incluye fumarme unos -pocos- puchos, tomarme unas copas; esas cosas) cada vez estaría más indefensa y más enferma. A la vez, después de haber probado en épocas más duras todo tipo de terapias alternativas que me exigían mucho tiempo, esfuerzo y dinero; también aprendí que es necesario delegar -no voy a estudiarme cada nuevo anuncio, efecto colateral y etc sobre el sida, para eso está mi médico- y negociar -no le voy a entregar la gestión de mis placeres.
En fin, volviendo al parto: he parido a la mayor de mis dos hijos, con todo el folclore que impone la rutina médica: supositorios -por si las contracciones son falsas-, goteo -para que sean "buenas"-, rasurado -para mayor asepsia, no me explicaron de quien o qué-, epidural, episiotomía, posición horizontal, enfermeras y médico que me decían "mamita" y hasta lexotanil terminado el parto para que me recuperara y no hinchara los ovarios de las enfermeras de maternidad durante la noche. Y además, parí sola de toda soledad. Más allá de mi situación y del padre de la criatura, seguramente todo hubiera sido más humano si alguien me hubiera dado la mano. Que se yo, una amiga, mi tía, mi mamá; pero lo último era imposible.
La única excepción a la rutina fue que me negué a la cesárea -querían hacerla porque venía largo y la bebé no bajaba y entonces ¿para qué esperar?-, intuitivamente -tenía 20 años-, encerrándome en el baño, cómodamente sentada en el inodoro, mientras la partera golpeaba la puerta preguntando si estaba loca. ¿Fue feo ese parto? No me enteré, me sentí valiente -también por haberme negado a la cesárea-, emocionada, también dolorida y con picor (por el rasurado) durante los 15 días siguientes y me costó un ovario y la mitad del otro que la niña se prenda a la teta porque mientras yo dormía mi sueño de lexo ella tomaba agua con glucosa.
Tardé muchísimo en saber que se podía parir de otra manera.
Mi hija parió de otra manera, en una clínica, a la que llegó a último momento, radiante protagonista de sus dolores de parto y pidiendo anestesia de puro cansada, aunque al final la rechazó por miedo al pinchazo en la espalda y porque mi nieta ya estaba coronando (unos pocos pelos rubios que estiraban la vulva y la vagina y que mi hija tocó y acarició).
Mi esposa parió de otra manera: en casa, en nuestra biblioteca -pura casualidad-, abrazada a mí que la sostuve con una fuerza que no sabía que tenía, rodeada por un equipo de partera, obstetra y neonátologo que supieron guiñarse el ojo para hacer una episiotomía a último momento porque nuestro niño había girado el cuello y que no paraban de dar aliento, vamos albertina, vamos chicas, está ahí, tocalo, llamalo, empujalo.
Había sido un largo día de contracciones y emociones; paseando desnudas por la terraza, comiendo una picadita -que alber vomitó a conciencia cuando todo se precipitó-, sorbiendo helado para juntar fuerzas -eso lo comió incluso después del vómito-, regando plantas, bailando, puteando, gritando; pariendo.
Apenas nació Furio se hizo caca sobre nuestro abrazo. Un mecoño negro y pegajoso que hizo que Hugo, el médico del bebé, gritara "está perfecto" y lo dejara al calor del pecho que había escuchado latir los últimos meses. No lloró, o lloró apenas, eso se me borra. Sí me acuerdo que abrió sus ojos negros como pozos de petróleo, que nos miró largamente, que entre los tres no podíamos soltarnos y que alber sangraba y encima faltaba la placenta y los puntos pero ya se había olvidado del dolor.
Después puteó otra vez mientras la cosían. Mientras yo le ponía ropa a Furio. Mientras se calentaba en el horno la comida que habíamos preparado entre contracciones a la tarde. Eran las once de la noche. A las doce estábamos cenando todos, partera (Mirta), obstetra (Claudia), Hugo (pediatra) y hasta el padre del bebé que llegó a conocerlo. Y yo, por supuesto. Tomamos una botella de champán mientras Furio tomaba la teta. "Es que un bebé así de sano -dijo Hugo- bien vale una copa. O varias". Esa noche furio durmió sobre mi pecho, toda la noche, mientras su otra mamá descansaba del parto.
Esa escena, esa sola escena de la cena, a mi me encandila.
Es cierto que esta bella escena nos costó mil dólares preciosamente ahorrados. Pero valieron la pena. Y además, mujeres burguesas, no hubieramos estado tranquilas de otro modo.
En fin, al final me zarpé y me largué a contar nuestro parto. Tal vez porque creo que así como hay otro mundo hay otro modo de parir. Miles de millones de mujeres lo saben: las bolivianas a las que alguna vez se estigmatizó porque parían "colgadas de los árboles" (Chiche Gelblum dixit) lo saben, sólo por dar un ejemplo.
La anestesia, digámoslo, llega cuando ya lo peor del dolor ha pasado. Eso del parto sin dolor, chicas, salvo que sea una cesárea programada, no existe. Y tal vez alguien prefiera eso, porque no...
Yo creo que la difusión de lo que ahora se llama parto humanizado es necesaria, para poder optar, negociar, para ponernos en el lugar de poder que las mujeres tenemos, si queremos, en ese momento y en tantos otros.
Pero nada debería transformarse en dogma, obvio. Tampoco el tema del amamantamiento. Tampoco la presión para seguir siendo mujeres productivas, profesionales, creativas y exitosas cuando lo que queremos es darnos el tiempo de darle la teta a nuestro hijo y después, lentamente, volver al mundo. Si algo nos corre es el mundo capitalista, porque hoy en día ni siuqiera la vida se acaba tan rápido.
Bueno, perdón por haberles dado la lata. Es de noche, Furio duerme, su otra madre esta noche se fue de juerga con amigos y yo, hace tiempo que me debo este relato.
Besos a todas, Marta.
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