domingo, 23 de mayo de 2010
hospitales
El sonido del agua borboteando para generar oxígeno. La tos persistente de otro paciente y la tos queda de mi padre que él atribuye a dos o tres cucharadas de helado de frutilla que comió entre temblores. un silencio que no es tal por lo antes descripto, por otras voces que llegan del pasillo, por el tin tin de los celulares que llega a todos lados. este es un tiempo en suspenso en el que nada se sabe y nada justifica desbarrancarse siguiendo el impulso de la compasión por una misma, ni siquiera por quien yace en duermevela atravesado por drogas autorizadas. ahora es estar acá. eso es todo. permiso para pasar por la enfermería. la piel seca por la insistencia del jabón, necesario cada vez que se atraviesa la puerta. el desfile del bicentenario atravesando mudo la nueve de julio por una pantalla que nadie mira pero que nadie apaga. morir aquí no tiene romanticismo. morir no tiene encanto. solo la contundencia de un hecho con un escenario delimitado en cuya frontera estuve parada muchas veces. si araño la superficie de mi coraza podría decir que estoy triste. no hay relación entre esa constatación y mis ganas de llorar. llorar se llora mejor cuando es de alegría y eso se me da a menudo porque en definitiva aquí mismo se pueden encontrar las pistas de un beso prolongado que se da con la boca abierta aun cuando no tenga ganas. aun cuando tenga comida en la boca y entonces me avergüence dejar que la lengua escarbe en otras humedades. el hospital tiene su ritmo -agua, celulares, tos, puertas, voces-, yo estoy afuera de esa cadencia. tengo un dolor que no es de ahora que no va a pasar y que, aun permanente, solo sirve de contraste; ciertos líquidos en ciertos análisis, inocuo aunque buen catalizador. estoy cansada, siento la resaca de una botella tomada en un boliche de cuarta con mi hermano favorito escuchando sus dolores y su ansia por saber que no es él quien va a morir ¿acaso alguien va a morir en breve plazo? ¿lo conocemos? no hablo de decir su nombre, hablo del recuento de las cosas compartidas. aprender a andar en bicicleta. el sabor de la manteca salada en vaciones, los barquitos de panes con manteca, el queso antes de la comida, los libros de policiales como primera lectura, un cuento de un perro al que le salìa una flor en la cola. por ahora me quedo con eso. una enfermera travesti vino con su instrumento de medición. alguien avisó que era travesti, esperando que eso no sea molestia. larga vida a marilú. larga vida a mi padre.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario