Ay, querido Boro, si supieras el ánimo trágico que suele envolver a la segunda de tus madres. Me voy enredando, enredando, y me envuelvo en una maraña de pensamientos oscuros. Lucho a brazo partido para no sentir que el mundo está en mi contra, que nunca llego (o mejor, me quedo) donde quiero estar, como quiero estar. Y de pronto me llama Clara y por el método más mezquino y más trillado digo, qué boluda. Para que entiendas, Clara es una mujer que conocí en la cárcel de Ezeiza, donde pasó nueve años, y que camina ayudada por dos bastones y su voluntad; si no, hace rato estaría en silla de ruedas. Es abogada y escribana, pero no puede vivir de ninguno de sus títulos por el problemita de la cárcel. Encima me llama con culpa por no haberlo hecho antes. Culpa mayúscula de mi parte, que la visité mientras escribía su historia y nada más.
Lo que quiero decirte, querido hijo, es que estés preparado para el animó líquido de tu madre. Líquido en los ojos, agitado como el mar, con tendencia a anunciar una tormenta que no llega. Eso a mí favor, como sea, la capeo. Y que además fumo porro, y entonces se me va un poco la cabeza, como habrás notado, pero también el ánimo trágico.
Sólo para que sepas.
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