al tiempo que no tengo. Una anotación al pie, al pie de Jerónimo -ya veremos con qué letra se escribe- que sigue apuntando a la boca del estómago de mami y a veces me toca la espalda cuando dormimos cucharita; que todavía podemos. Lo difícil se está haciendo abrazarla. Será la altura que no me ayuda, aunque lo de la ayuda hay que verlo en perspectiva: la abrazo de frente y quedo doblada perfectamente a la altura de mi cintura y su panza y entonces la cabeza cae tranquilamente sobre sus tetas. Y qué tetas. Es que no puedo dejar de admirar su temperatura, su tamaño, su promesa y hasta esas gotitas que se escapan cuando se las aprieta correctamente para darnos la seguridad de que nuestro niño no pasará hambre.
He pasado unos días tremendos desde la vuelta del viaje al que llevamos la panza de mami y mi curiosidad natural por andar de aquí para allá, donde mami me sigue, cansada y con entusiasmo. Nada anoté de nuestro viaje a Paris, menos del paso por Locarno. Eso fue un auténtico agujero en el tiempo, como este que hago ahora, minúsculo, porque necesito que no se cierre el canal, dibujar lo que imagino, darle tamaño a la incertidumbre, saber que no se me van los días si no hay algo que retengo ahora de este tiempo que no va a volver nunca igual. Este silencio, por ejemplo, la radio sonando de fondo, yo acá sentada en el nuevo comedor de nuestra casa.
Suena trágico decir que no va a volver pero así es la cosa y no está mal aprender a despedirse de aquello que nos deja. Después sigo, espero no demorar tres meses.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario