martes, 11 de noviembre de 2008

El once

fue lo primero que pensé en cuanto abrí los ojos: hoy es once. Y sin embargo el ansia sigue allí, ya no como el eco de los días si no como un latido intenso, arrasador; una marea. Es como un gusto en la boca que deseo y desconozco; algo que beber, algo que comer, algo que disfrutar. lo siento en el aire como un presagio -qué viva, vaya presagio tan anunciado. Si pudiera no dedicarme a nada más que estar en casa, arreglar las plantas, caminar un poco, abrazarnos fuerte; si fuera así tal vez el ansia no sería esta dentellada que me obliga a correr hacia ningún lado.
El once el 0 redondo como un huevo marcó el final de la cuenta regresiva. el once despertamos en nuestra cama como un nido, rodeadas de almohadas y nuestra perra negra que, como si supiera, sacó sus genitales de bajo la cola y ahora los lleva expuestos como una flor que deja sus gotitas rojas por toda la casa. Ella tiene un celo díscolo, aparece después de unos días de ir al parque con cierta regularidad; si no, puede pasar un año sin enterarse que ya no es una niña perra, porque decir cachorra es poco. Una niña perra que duerme con la cabeza en nuestra almohada cuando se pasa a la cama grande por las mañanas, que sabe pegarse bien a nuestro cuerpo -al que tenga disponible- como si hiciera cucharita y que ahora huele las piernas de mami con una extrañeza que nos dice que puede ser en cualquier momento. Que puede ser, que ya está, que la cuenta llegó a cero aunque nuestro hijo se haga desear y siga nadando en su vasija, tirando patadas en mi espalda, anunciándose como una ola que se forma en la panza de mami y que es tan fácil ver incluso desde lejos. Estamos forjando la paciencia. En eso estamos

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