martes, 6 de mayo de 2008

accesorios

Los anteojos le dan a mami la posibilidad de mirar con toda la cara. Será que ese tamaño que tan bien se amolda al mío -sobre todo cuando estoy sobre mis plataformas y entonces puedo encajar su cabeza entre mi cuello y mi hombro y sentir su respiración y el olor de su pelo y su espalda dentro de mi abrazo, todo su cuerpo pegado al mío-; será ese tamaño, decía, lo que hace que se asome al mundo como si siempre estuviera mirando al cielo, dispuesta a la caricia del sol. Hablo de los anteojos de vidrios blancos, los anteojos "de ver" diría mi abuela (de cerca o de lejos, para mí eran de "verde" lejos o de "verde" cerca). Esos anteojos chiquitos y de otra época que creo tienen bastante que ver con que a veces -demasiadas- la confundan con mi hija. No tiene edad para serlo ni yo para ser su madre. Que conste en actas, apenas nos llevamos 6 o 7 años, según la época. Pero es que ella se acostumbró a mirar así con sus anteojos y al mirar con toda la cara la sonrisa se va hacia delante, como si la ofreciera, como si tuviera que llegar antes esa sonrisa capaz de disolver la piel de erizo que a veces se calza y hasta el ceño de su frente marcada por ese enojo que le causa pensar y pesar.
Cuando conocí a mami no usaba anteojos. usaba gorra. O gorras. Gorras que la hacían ver a mis ojos más directora de cine todavía. Gorras que le daban un aire prescindente, algo masculino -hay que agregar a la gorra su chaleco negro, sus zapatillas plateadas; sus zapatillas, en general-, mundano. Las gorras imponían una distancia física para mí que sólo quería hundirme en su boca sin terminar con la viscera en el ojo. Aprendí a atravesarla y mami se cansó de las gorras, las boinas y hasta de las hebillitas que cada tanto se ponía, sobre todo al principio, cuando empezó a dejarse crecer el pelo. A veces extraño esa manera de mirarme desde la sombras, echándose un poco hacia atrás sobre su mesa de bar -ah sí, íbamos mucho a bares y restoranes, costumbre que mantenemos aunque ahora nos guste casa cada vez más- como si me desafiara a ir a su búsqueda. Yo no podía ir, yo estaba ahí, pegada a su aliento, con sed de una gota más de su deseo.

No puedo decir que haya una relación directa, pero ahora que mami mirá así, con sus ojos y su boca, sigo deseando sumergirme en su pozo, ese hay que detrás de su cara vuelta al cielo. Pero a la vez no puedo evitar abrazarla, sentir su piel, catar la envergadura de sus cambios. El cuerpo se le ha vuelto más rotundo. De su tetas no puedo hablar sin apretar un poco las piernas. Hay algo más sólido en ella ahora que boro la habita y que la vida se abre como una pregunta permanente. Ella le tiene miedo a ese blanco sobre el que no se escribe ninguna película. por ahora. yo la veo expandirse y florecer, veo en el fondo de sus ojos un remolino que desata las tormentas. veo el interrogante que no necesita respuesta si no el ansia de buscar, de seguir buscando.