A él se lo ve muy guapo en nuestra ventana aquí al costado. Sereno y cómodo en su burbuja, ya con una nariz que parece eso, un ojo y hasta unas aletas que con amor se ven como manos.
Mami no está tan cómoda. En realidad, está tomada: alergia, sinusitis, vómitos.
No puedo entristecerme, apenas preocuparme ¡está ahí, es un hecho!
¿qué clase de embarazo es uno sin molestias?
sólo para ir entrenando la renuncia, la explosión de nuestra bella burbuja, las imposiciones de ese gusano de centímetro y medio que ya reclama atención y compromiso permanente.
Boro en su jardín siembra lo que será.
Su jardín, mi amada, preparándose para el otoño y el despojo del invierno.
Le duelen las cicatrices, que graciosa. Siempre duelen cuando alguien las besa. Es el contraste tal vez, entre la caricia y el dolor que advierte desde la marca en la piel: cortar es fácil, reunir nunca es suficiente.
Las cicatrices son una rebelión permanente de la memoria: una inscripción sobre arena por más que el rastro sea permanente. ¿Aquí dolió? ¿este fue una llaga? ¿hurgó mi dedo en esa boca? ¿por qué no puedo seguir escarbando, qué fue de aquella hondura?
Sólo una línea en lugar del dolor, un borde apenas dentado que reclama su protagonismo, el de aquella que era cuando tuvieron que socorrerla.
boro en su jardín tira de los hilos que sostienen la tierra. desde adentro, tira y se estira, desde adentro sabe ver dónde poner su aleta como una manito.
De su mundo marino a esta tierra, un resto de agua para calmar la sed del tiempo en que dolía.
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