una lista corta y otra larga, plagada de razones para el miedo, aunque el miedo apenas necesite de sus razones.
Sé que está sucediendo lo que deseaba. y sé que lo deseaba aun cuando el no titile desde el fondo de mi conciencia, aun cuando sienta que abandono el agua en la que flotaba por una vez, sin temor a la deriva.
Sé que sucedió cuando por fin -por una vez- inventamos un mundo propio y un código de mensajes para que acompañen el viaje de los emisarios al vientre de mi amada, cuando la risa y la emoción me sirvieron la conciencia de que lo estábamos haciendo juntas, las dos, tomando el camino de la euforia y la emoción.
Sé, me acuerdo, de que estaba muy nerviosa ese día, como si fuera la primera vez en que nos íbamos a encontrar desnudas, de frente a la chance de darnos amor y placer, de fallar en el intento y de seguir hasta conseguirlo. Me acuerdo, estaba tan nerviosa que sentía un temblor en las plantas, que la ciudad y sus caminos se me hicieron desconocidos, que la oscuridad o el escaso placebo de la luz artificial no lograron devolverme la calma.
Sé que pierdo mi lugar en esta historia, que extraño a mi novia algunas noches y algunas tardes y algunos mediodías, que me pone celosa descubrir lo impenetrable de su burbuja, ella y su cuerpo y el hijo que se forma y sus innumerables secretos.
Sé que quisiera unos brazos interminables para abrazar su cuerpo y su panza y las oscuridades que la alejan de mí y curar su orfandad y la mía y meterme en esta historia con el nombre que no sé y que reclamo.
Sé que soy mujer, que he parido hace tanto tiempo, que tengo un cuerpo que se expande y que busca en los pliegues de la memoria y que entonces me creo que puedo forjar esos brazos para sostenerla y sostenerlo y sostenerme y que eso será sólo a pedido y que mientras tanto me queda esperar y ordenar y disciplinar lo que no sé, lo que no puede ser dicho porque está en la sombra, lo que tendré que aprender, lo que me espera.
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